Resumen
La enseñanza basada en cuentos o en narrativa es un método que puede ser útil en la medicina. La historia que presentamos expresa
las vicisitudes que cualquier paciente puede atravesar para ser atendido e implica aspectos del mismo y de su enfermedad, la escasa
eficiencia de los procesos para la atención y el desenlace desafortunado que es la culminación natural de toda la situación narrada. El
problema inicia con una relación distante médico-paciente, que es en este caso de desapego y poco interés por la persona que es considerada como un caso sin importancia. De ahí deriva que la atención posterior sea tardada, deficiente y se deje evolucionar la enfermedad
hasta el extremo porque ninguno de los involucrados en el proceso hace adecuadamente su trabajo y tampoco le preocupa la persona
que es tratada incluso de manera descortés. También puede observarse que el comportamiento del paciente es pasivo, pues no intenta
obtener lo necesario para resolver su situación y acepta todas las negativas que se le dan. Finalmente la mala comunicación ocasiona
que el paciente fallezca.
Con esta narrativa podemos entonces mostrar que en muchas instituciones de salud desafortunadamente prevalece la ausencia de
una adecuada relación médico-paciente, de empatía, de interés por ayudar y una serie de procesos ineficientes que pueden llevar a la
muerte a los pacientes sin que a nadie parezca importarle. La enseñanza de las buenas actitudes es difícil y se logra con un buen ejemplo
(modelo), que en este caso fue todo lo contrario.
Don Cleofás pertenece a la quinta generación de un tradicional y longevo oficio en México que sin lugar a dudas sigue vigente y que ha permitido a muchas familias sobrevivir en la precaria y triste pobreza en que vivimos: tamalero, a mucha honra. Heredó el oficio de su tatarabuelo, bisabuelo, abuelo y padre; todos ellos de origen nahuatlaca. El verdadero nombre de nuestro personaje central es Okichtli Naui Tekiti (que significa “cuarto varón para trabajar”) y por obvias razones, preferimos llamarlo simple y llanamente Cleofás, nombre que escogiera al ingresar a la escuela primaria “Los verdaderos Niños Héroes de Ayotzinapa”y evitar así las burlas y el escarnio de sus compañeros, porque hasta llevar consigo un nombre que denote su origen, para muchos da pie a mofas, conducta ahora llamada pomposamente bullying, quizá tan antiguo como nuestro propio sistema educativo.
Un día Cleofás fue llevado al Servicio de Urgencias
por haberse quemado durante la preparación de los
tamales del día. Era notorio que a pesar de presentar
quemaduras de tercer grado en ambos antebrazos, el
paciente no refería dolor alguno, lo cual indudablemente llamó la atención del interno de guardia que
lo atendió, citándolo a neurología.
Una semana después de su accidente, don Cleofás
acude al Servicio de Neurología donde fue revisado por
la neuróloga de base de nombre Olvido Mata Lozano
y el interno Pretextos Jaqueca Díaz. Al mismo tiempo
que revisaba clínicamente a Cleofás, la Dra. Mata
dictaba la nota al joven Pretextos, a quien señalaba
los hallazgos clínicos mencionados sobre el cuerpo
del paciente. “Anota por favor” le decía de forma
imperativa al joven Pretextos, “masculino de 50 años,
con funciones mentales íntegras, presenta ptosis palpebral y miosis izquierda, el resto de sus pares craneales
normales, incluyendo la exploración de fondo de ojo
que sólo muestra angioesclerosis sin papiledema. No
hay rigidez nucal; función motora con déficit de más
de 50% en ambas extremidades superiores, con acentuada atrofia de los músculos de ambos antebrazos así
como de los interóseos de ambas manos; hay arreflexia
tricipital bilateral y tiene además moderada espasticidad en ambas extremidades inferiores.” Al llegar a la
exploración sensorial mencionó “tiene anestesia al frío
y calor sobre los dermatomas C8 a T2 bilateralmente,
conservando la percepción del sentido de vibración y
posición articular en las cuatro extremidades así como
el tacto fino, es decir, su sensibilidad propioceptiva está
intacta” le dijo con énfasis al interno, “hay Babinski
bilateral.”
Don Cleofás, a esas alturas de la exploración tenía
una cara de incertidumbre que no sólo reflejaba miedo, sino que se mostraba sumamente confundido al
escuchar los términos médicos pronunciados por quien
lo exploraba de forma fría, indiferente e impersonal.
“Póngase su ropa” le dijo la doctora “y espere
afuera.” Cleofás salió con los hombros caídos, la moral
y todo lo que se le puede caer a un hombre cuando
sabe que algo grave está pasando en el interior de su
cuerpo, pero no sólo está pasando, sino que además el
presagio no es halagüeño. Al poco rato salió el interno.
Cleofás lo miró con cara de asombro, expectante y le
preguntó con voz trémula “¿Qué hay de mi problema,
doctorcito?” El pobre interno inexperto en neurología
y más aún, en el trato con pacientes de casos obviamente difíciles, sólo se encogió de hombros, al tiempo
que dijo “mire usted, no estoy autorizado para dar
información” con voz nerviosa y entrecortada. “Por
favor, doctor le suplico que me diga qué me pasa, tengo
derecho a saberlo” afirmó en tono lloroso el pobre,
temeroso y angustiado paciente. Continuó hablando
el joven médico “vamos haciendo una cosa, usted
se realiza estos exámenes que le indicó la Dra. Mata
Lozano y que son los siguientes: biometría hemática,
grupo sanguíneo y Rh, química sanguínea, examen general de orina, perfil de lípidos, radiografía de tórax en
posición posteroanterior, un electrocardiograma y una
resonancia magnética de columna cervicotorácica con
gadolinio; una vez teniendo los resultados le prometo
que le hablaré claramente” le dijo con humildad.
“Mire doctor" nuevamente le interpeló el paciente
"apenas tengo 50 años, tengo hijos que aún estudian,
pronto seré abuelo además soy viudo y para mis hijos
el único soporte.”
“Don Cleofás, por favor venga mañana a realizarse sus exámenes y hablaremos” concluyó el médico
interno.
Fue una mañana terrible, al igual que la tarde y
qué decir de la noche, no sabía si decirle a sus hijos
o no, su cabeza giraba en torno a su futuro, qué sería
de los ricos tamales, indudablemente que era el mejor
tamalero de la región, quién haría los uchepos, los
nacatamales, los de dulce, de marrano y de pollo con
chile. Le preocupaba quién se quedaría con todos sus
utensilios heredados a lo largo de los años, pero lo
que más perturbaba su pensamiento era la mujer que
acababa de conocer poco tiempo atrás y con quién
había encontrado por segunda vez el amor pleno en
toda la extensión de la palabra, los sentidos, los sentimientos y los hechos.
A toda noche le sigue el día y aunque hay quien
dice que cada día es diferente, preguntémosle a quien
no sabe lo que tiene dentro y fuera de sí, a quien la
incertidumbre lo arrincona, lo agobia, quien siente
que la vida se le escapa minuto a minuto, quien intuye
que debe aprovechar cada segundo ante la cercanía
del desenlace final.
Como nadie le indicó que debería presentarse en
ayunas, pues muy temprano dio cuenta de unos ricos
tamales con frijolitos, llegó temprano a sus exámenes y
acudió presuroso al sótano parando su azarosa marcha
en una amplia sala en cuyo rótulo de letras desteñidas se leía Laboratorio. Miró a su alrededor: todos al
igual que él, con pequeños frascos llenos de residuos corporales, unos cubiertos en pequeñas bolsas de
papel y otros a la vista, frascos con meados de todos
colores y olores, excremento en sus múltiples y variadas
consistencias y apariencias, rostros pálidos de miedo
e incertidumbre. Recelosamente se acercó a la joven
recepcionista, quien al verlo le preguntó “¿Viene a
exámenes?, ¿viene en ayunas?” “No” contestó Cleofás,
“nadie me dijo que tenía que venir en ayunas” aclaró.
La recepcionista hizo un gesto de desaprobación y
con voz aguda y masticando vorazmente con la boca
abierta una gran torta, le dijo “pues tendrá que venir
hasta el próximo lunes, a las 7 de la mañana y ahora
sí en ayunas” “perdone señorita” dijo Cleofás con voz
más que tímida “¿A dónde más tengo que ir?”
“A ver, présteme sus papeles” más por obligación
que por ganas, respondió la tragona recepcionista.
”Suba al primer piso a la ventanilla que dice Programación de Radiología.”
La recepcionista del primer piso, igual que la anterior estaba también almorzando. Parece que todas las
recepcionistas almuerzan en su lugar de trabajo y por lo
visto a la misma hora. Antes de que Cleofás dijera algo,
la joven inquirió “¿Viene a algún estudio?” y sin esperar
respuesta, siguió preguntando “¿está en ayunas, trae la
tarjeta de citas, está programado, trae su identificación
oficial reciente, tarjeta del INSEN, tarjeta de citas con
foto actualizada, acta de nacimiento, órdenes firmadas
por el jefe del servicio?”
Cleofás estaba aturdido, confundido, no atinaba
qué contestar, sólo la miraba engullir en cada mordida
trozos gigantes de aquellos descomunales tacos placeros. “No señorita, nadie me dijo que debería venir en
ayunas ni traer toda esa papelería.” La mujer se encogió
de hombros y contestó secamente “si no trae consigo
todo eso, regrese el próximo lunes para programarlo.
¡Ah!, le advierto que ya se acabó el presupuesto de este
año (era el mes de septiembre). Le programaré sus estudios si bien le va para febrero o marzo del próximo año.”
Estas palabras fueron como un balde de agua fría en
pleno rostro de Don Cleofás. Qué lamentable que las
enfermedades no sepan de burocracia, de presupuestos, costos, ahorros, desorden estratégico, errores gubernamentales, olvidos o simplemente valemadrismos
institucionales y gubernamentales. Sin duda fue un fin
de semana de los más largos de su vida, pero el lunes
temprano allí estaba puntual, primero en el laboratorio
y luego en radiología. Todo salió bien en cuanto a la
toma de muestras de laboratorio, después de varios
piquetes en ambos brazos la pasante de laboratorista
logró obtener las muestras no sin antes dejar al pobre
Cleofás más picoteado y moreteado que un boxeador al doceavo round. Corrió hacia radiología donde fue
atendido por la misma joven de la vez anterior, ahora
con celular en mano y enviando mensajes al tiempo
que leía sus solicitudes y anotaba en el libro de citas.
Sin mirarlo a la cara le dijo “venga a cita el próximo
lunes 22 de marzo de 2015” (eran finales del mes
de septiembre de 2014). “¿Por la mañana o por la
tarde?” preguntó con timidez nuestro buen Cleofás.
“Por la mañana, señor” contestó de forma imperativa
nuestra ineficiente recepcionista. Transcurrieron los
días, las semanas y los meses, a Cleofás se le veía ido,
no comía, hablaba poco con sus hijos, qué decir de
Eufrasia, su segundo amor. La evitó por completo, más
aún cuando cierta mañana al mirarse al espejo después
del baño cotidiano, advirtió que su cuerpo había cambiado, sus músculos en general habían desaparecido al
igual que la fuerza y la fortaleza de meses previos. Era
obvia la acentuada atrofia de los músculos intrínsecos
de las manos, a lo que él decía que tenía “manos de
muerto”, su espalda se había encorvado producto de
una acentuada escoliosis, lo cual además de generarle
incomodidades estéticas, le ocasionaba dificultad para
deambular con naturalidad y en ocasiones dificultades respiratorias. Ni qué decir de la capacidad para
controlar la orina, había ya una evidente y vergonzosa
incontinencia urinaria y un desgano absoluto muy a
pesar suyo por las funciones propias de su sexo, es
decir una acentuada impotencia sexual.
Llegó el ansiado día de los multicitados exámenes.
Acudió primeramente al laboratorio con la gran esperanza de la normalidad. “Su nombre por favor” le dijo
la recepcionista. “Cleofás a secas, señorita.”
Ella por
su parte buscó en un amplio archivero de color gris
institucional y dijo para sí "aquí están señor, tenga.”
extendió su mano, entregó a nuestro amigo un legado
de papeles con el sello institucional y los apartados
marcados con los exámenes solicitados, mismos que
Cleofás miró más que ansioso, desesperado y para su
sorpresa todos los apartados donde debería marcarse
el resultado correspondiente, tenían una leyenda escrita a mano y con un plumón de tinta negra las letras
NHR, NHR, NHR…
Atónito, regresó con la recepcionista y le preguntó
más que preocupado “¿Qué significa NHR señorita?”
Ella, sin molestarse siquiera en verlo a la cara, le dijo
“significa que no hay reactivo para procesar sus estudios." Para entonces, Cleofás estaba lívido, no daba
crédito a lo que estaba pasando. ¿Qué había sucedido
con su sangre? Había sido sangrado en vano.
“¡Oiga, señorita, por favor explíqueme!” Insistió.
A lo que ella contestó "hable con el encargado, sólo él le puede explicar" al tiempo que gritaba “¡El que
sigue!"
Cleofás trató de hablar con el encargado pero
se encontraba en junta (festejo por el cumpleaños
del director), por lo que decidió subir al Servicio de
Rayos X para no perder su cita. Al llegar lo primero
que vio fue un letrero que decía hoy no se realizarán
estudios de radiología, pues el técnico está enfermo y
no hay presupuesto para suplirlo. Sírvase pasar con la
recepcionista para reprogramar su cita.
Al igual que muchos otros pacientes, sólo se frotaba
las manos, los miraba y lo miraban con caras de angustia y de necesidad, nuevamente a esperar su turno, de
pie, con la dificultad a cuestas del ayuno y las penurias
para caminar y respirar impuestas a estas alturas por la
progresión de su padecimiento, pero sobre todo por el
peso angustiante de la incertidumbre, la ceguera de no
saber qué se tiene dentro de sí. Sin más preámbulos
que narrar, le dieron cita, para su buena suerte el 15
de junio de 2015 y afortunadamente el mismo día,
tanto para el laboratorio como para el servicio de radiología. Por fin llegó el día de la cita y al aproximarse
al laboratorio, sus ojos no daban crédito a lo que se
leía en un cartón pegado sobre la cerrada puerta de
este lugar cerrado por limpieza exhaustiva. No entendía
claramente la última palabra, por lo que alguien se lo
dijo, significa que el laboratorio está contaminado y
requiere una limpieza profunda, de cabo a rabo o de
pies a cabeza. Como pudo y a duras penas subió a
radiología y vio otro letrero que decía los estudios de
radiología han sido suspendidos para dar mantenimiento a los aparatos y así brindar una atención de calidad.
Favor de pasar a recepción para nueva programación.
Cleofás pensó para sí pero por desgracia en voz alta:
“¡Qué poca madre de cabrones!, tengo un año tratando
de que me hagan estos exámenes y tal parece que voy
a morir sin ellos.” Los que estaban a su lado asintieron
con la cabeza y hubo quien le dijo casi al oído, “ni se
angustie, yo voy para tres años acudiendo para un control
porque tengo cáncer y no logro conmoverlos para que
apresuren mis estudios.” Cleofás sólo exclamó “¡Divina
Providencia, ayúdame por favor!” Cuando de salud se
trata, a toda la corte celestial es válido recurrir.
La sala de radiología estaba atestada de pacientes
para su nueva programación, cuando de una de las
puertas de dicho servicio salieron dos mujeres emperifolladas, de evidente nivel socioeconómico alto, acompañadas del director que con voz melosa y lambiscona
les decía “señoritas si requieren otro estudio, díganle al
jefe que me llame y con gusto estaré a sus órdenes.”
Todos los pacientes se quedaron sorprendidos. “¿No que el aparato estaba en mantenimiento? Y acaban de
salir aquellas damas con estudios en mano.”
Presurosos
increparon a la recepcionista, quien sin pudor alguno
sólo dijo “son recomendadas de arriba. ¡El que sigue!”
En ese reclamo estaban cuando vieron salir a dos caballeros con radiografías en mano y nuevamente interpelaron a la irónica recepcionista, quien sólo contestó
“¡Ah!, ellos siempre le traen regalos al director y al jefe
de servicio, por eso se les da prioridad,” desvergonzadamente agregó “¡Y siempre regalos costosos!”
Todos enmudecieron, nada qué decir, pues si reclamas o gritas seguramente tu expediente no aparecerá
o tus estudios se realizarán en dos o tres años. Por
eso, todos esperaron pacientemente la esperanzada
programación.
Tiempo después, Cleofás es llevado en silla de
ruedas, cubierto con una cobija raída para tratar de
atenuar los efectos del inclemente pero parejo frío
norteño, que no respeta clases sociales como muy seguramente debería ser nuestro sistema de salud, parejo
y eficiente. Fue llevado con una cara de difunto, que
indudablemente revelaba los explicables avances de su
enfermedad, un rostro pálido y enjuto, sin fuerzas en
los brazos y en lo poco que dejaba ver su raída cobija,
una notoria pérdida de músculos interóseos así como
las numerosas huellas y cicatrices de quemaduras previas además de lo cual despedía un aroma perceptible
a distancia que mezcla ese olor característico del enfermo crónico y de acentuada incontinencia urinaria,
pero sobre todo mostraba las huellas del desamparo
y desatención de un sistema impersonal.
“¡Cleofás!” lo llamó el técnico “¡Aquí!” respondió
su hijo como temiendo perder por enésima ocasión
la ansiada cita con algunas dificultades técnicas por
su tan precario y menoscabado estado de salud. Al
fin se realizó la ansiada resonancia, todo parecía por
fin andar sobre ruedas, la situación y obviamente el
enfermo. Al terminar les dijo el técnico “por favor, esperen afuera, en un momento les entrego el reporte por
escrito.” Cleofás, con su lucidez mental perfectamente
conservada, asintió como pudo y llevado por su hijo
esperaron en aquella sala en donde tantas veces había
esperado, en eso y sin mediar diálogo alguno, salió
nuevamente el técnico y en voz alta y sin preámbulos
se dirigió a ambos diciéndoles “una disculpa, pero se
cicló el sistema y no puedo hacer el reporte, díganle
a su médico, ahora que van a consulta que luego lo
envío.” Ellos se miraban uno al otro sin dar crédito a
lo que oían. Al ver en ellos la contrariedad, el técnico
remató diciendo “digan al médico que tiene un tumor
en la médula espinal.”
Al oír la palabra tumor Cleofás y su hijo casi se
desvanecen, más el primero que el segundo. Para
Cleofás fue como un rayo que lo partía a la mitad.
El técnico notó que había actuado mal, no cuidó el
contenido ni el peso, ni mucho menos la trascendencia de sus palabras. Cleofás empezó a respirar
con dificultad, sentía que moría, hiperventilaba al
grado de desvanecerse, estaba sudoroso con una
fuerte opresión en el pecho. Ahora sí, todos actuaron
rápido. “¡Que lo lleven a urgencias!” dijo una voz por
allá, pero el que estaba más cerca del más allá que
del más acá era nuestro humilde, sencillo y ahora
agónico Cleofás, cuyo único pecado, además de su
siringomielia, era la pobreza.
Muy a pesar de los esfuerzos, de que fuera intubado oportunamente con asistencia ventilatoria,
previa y post-toma de gasometría arterial, con el tratamiento farmacológico para esa situación y momento
adecuado, nuestro multicitado y desgraciadamente
desamparado por el sistema de salud, murió. No por
la siringomielia que de haberse tratado de manera por
demás oportuna, el desenlace hubiese sido distinto y
posiblemente favorable. Murió de un infarto masivo
producto de una respuesta simpático-adrenérgica intensa y mortal, originada por un manejo inadecuado
del lenguaje por parte de un personaje que no cuidó
la confidencialidad de la información particular y
profesional de un paciente dejado a la cronicidad y
a la fatalidad por un sistema de salud inconsistente
e ineficaz que se escuda en el diferimiento, dejando
con ello al azar la evolución de una gran cantidad de
padecimientos, que como el de Cleofás pueden ser
tratables si son atendidos con oportunidad.
¿Qué hacer para evitar lamentables situaciones
como ésta? Lo dejamos como motivo de reflexión para
todos nuestros lectores.
Referencias
Carrillo IJ, Carrillo VAC, Cuevas BR, et al. El Calvario de Cleofás. Cuando las palabras son más mortales que la enfermedad. La Realidad del Sistema de Salud en México. Aprendizaje de la Medicina Basada en Cuentos. Rev Neurol Neurocir Psiquiat. 2017;45(2):66-70.

Que triste y verdadera esa historia
ResponderEliminarTotalmente la realidad de todos los sistema de salud publica.
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